DE JESUÍAS CASTELNUOVO
Estamos ante una novela
muy descriptiva, aunque figurativa,
a diferencia de otras que, desde
la dimensión erótica pudieran asemejarse, como Fifty Shades of Grey, cuyas descripciones son mucho más gráficas:
La Diosa del ladrillo
es una poderosa metáfora de nuestro tiempo, que intenta, desde la ficción y
dentro del reino de la imaginación, analizar la génesis, el desarrollo y el
desenlace de nuestra particular Belle Èpoque de la primera década del presente
siglo (La gran burbuja inmobiliaria). Llegado a este punto, como metáfora,
quisiera reiterar mi agradecimiento al magnífico trabajo realizado por Agata,
diseñadora gráfica de editorial Dauro, por el talento mostrado al captar con
esta portada la esencia del mensaje central de la novela. Esta magnífica
portada es una soberbia traducción a la imagen de la metáfora central de la novela:
La diosa del ladrillo,
bajo un marcado tinte de novela negra, destila un surrealista erotismo
destinado a perpetuarse en el reino más sutil de un género que yo denominaría literatura negrótica, si se me permite acuñar un nuevo término como
subgénero de la novela negra. El humor negro, tan presente entre los compases
de ambiente costumbrista de la época retratada, hace de esta novela toda una
sátira cómica al más puro estilo de películas como Fargo (1996), de los
hermanos Cohen,
pero donde los policías son sustituidos por casposos matones y chuloputas.
El perceptible surrealismo de la novela hace un guiño —salvando las distancias—
a películas como Los burdeles de Paprika (1991), de Tinto Brass
o Eyes
Wide Shut (1999) de Stanley Kubrik:
El
manifiesto erotismo de la obra con frecuencia encuentra su mejor expresión
mediante fuertes matices irracionales que destapan la complicada convivencia y
coexistencia entre el sexo como liberación del subconsciente, la ambición de
poder y de capital, como pérdida de la propia identidad, y el asfixiante
ambiente costumbrista del fin de siècle en una ciudad, Granada, todavía
anquilosada en una falsa moral y rancias tradiciones con inminente fecha de
caducidad.
Aunque es una novela negra,
el hilo argumental también es fiel al estilo de obras norteamericanas de los años 20
del pasado siglo -salvando las distancias-, como Babbitt (1922), del
novelista americano, Sinclair Lewis;
o El
gran Gatsby (1925), del también americano Scott Fitzgerald, cuya novela,
protagonizada por Leonardo di Caprio, en el papel de Jay Gatsby, ustedes habrán
visto;
pero con la diferencia de que en La
diosa del ladrillo no hay héroes caídos en desgracia y engullidos por la
crisis social de su época, de su momento histórico, ese héroe que en
definitiva se autodestruye, Bárbara, en cambio, nuestra heroína, es ella más
bien quien destruye y engulle todo aquello y todo aquél que intente frenarla en
sus propósitos o simplemente desafiarla.
A Bárbara, la protagonista, no la
mueve la venganza, sino su particular manera de entender el mundo, y su curioso
modo de impartir su propia justicia al estilo más fiel de femme fatale del siglo XXI:
Contamos con una heroína de
mil y una caras, que comparte “genes” físicos y psicológicos de otras heroínas,
aunque de distinto género de ficción, como Molly Bloom,
la protagonista central
de la célebre novela Ulises, del
irlandés James Joyce, compartiendo ambas protagonistas el monólogo interior como
fórmula de expresar su infinito mundo interior, aunque en el caso de Bárbara
llegando a formarse una especie de metaficción que deriva en unos firmes puntos
de inflexión narrativos destinados a crear un eje central de la trama en el que
ella, y sólo ella, la protagonista es la intérprete de un mundo donde la
racionalidad va marcada con un tempo profundamente surrealista;
ü otra heroína comparable es Fanny
Hill, de la novela homónima del inglés John Cleland, de mediados del siglo
XVIII,
ambas como verdaderas triunfadoras de sus respectivas épocas, y por tanto
transgresoras de las monolíticas estructuras masculinas de sus respectivas
sociedades. Por tanto, Bárbara Pineda, alias La diosa del ladrillo, como las
mencionadas Molly Bloom y Fanny Hill, no
sólo se distancia, sino que rompe con la norma clásica de estas que, en ocasiones ensombrecidas por sus amantes, a menudo sucumben
a la influencia que estos ejercen sobre ellas. En
el caso de Bárbara son estos, los hombres, el medio y hasta la época quienes
sucumben ante ella. Porque Bárbara es una heroína, poderosa y ambiciosa, con el criterio y fundamento de la mujer creada a sí misma, que cree en sí misma, como mujer postmoderna, que simboliza el renacimiento de la mujer post
feminista, del siglo XXI, sin complejos y sin excusas, con la valentía de
sentirse y saberse realmente libre y liberada de caducos clichés y de la falsa
moral de un mundo contemporáneo, aunque decadente, donde la mujer sigue siendo una muñeca rota, la mujer incompleta que sigue necesitando el complemento del hombre. Bárbara aniquila el concepto, porque es capaz de borrar al hombre como protagonista y contrapunto de la mujer. En manos de Bárbara el hombre acaba siendo una marioneta, el hombre es la muñeca rota:
En cuanto al estilo, la
novela, con el frecuente fluir de conciencia de la
protagonista, aunque no está escrita en primera persona, sí fluctúa entre el
tiempo verbal pasado y presente sobre todo en los pasajes y escenas que
describen de forma explícita la dimensión y el ingrediente sexual, que en este
sentido podría beber de novelas como Trópico
de Cáncer, de Henry Miller:
Como novela negra de marcado realismo social, se alimenta también de un fortísimo ingrediente satírico, donde la ironía y el humor sostienen la fuerte carga de crítica social del mensaje central de la obra, porque la narración es ambiciosa y busca aproximarse también a una novela de ideas, otra cosa es que lo consiga, será el lector quien nos acabe dando su veredicto final.
Esa mezcla de sarcasmo y
humor crean un erotismo con una significación semántica, donde la sensualidad
supera a la sexualidad, lo que deriva en
una sátira de brutales proporciones e insospechadas consecuencias.
Bárbara
Pineda Alguacil, al inicio de su carrera de la vida, Sor Lujuria, y tras la
consecución de su mundano sueño, La diosa del ladrillo, es una joven granadina
de exquisita formación cultural. Descendiente de una lujosa estirpe de
barraganas y de un influyente párroco de la ciudad, a sus 22 años decide
valerse de su extraordinaria belleza e inteligencia para alcanzar el sueño que
en 2003 volvía loca a media España y a medio Occidente: bienes inmuebles y
dinero negro: bienestar material y escasez de valores y sentimientos.
Ella
lo hace a lo grande, porque sus aspiraciones son gigantes. En el camino se
encuentra con piojos resucitados y casposos de la época como don
Leocadio, inventor del polvo exprés y fundador de una de las cadenas de
supermercados del sexo más importantes de toda Andalucía, fiel exponente del
desmadre materialista y de la locura social de finales de una efímera Belle
Époque o era de La burbuja inmobiliaria;
con el Paquitín y sus
padres, Los Ladrón de Güevéjar, baluartes de la falsa moral y de los últimos
coletazos de unas creencias y tradiciones que empezaban a derrumbarse sobre sus
propias miserias e inconsistencia; y con ella misma, que en el 2008, justo al
borde del pinchazo de la inmensa burbuja capitalista, ha conseguido pisotear a
todos cuantos le estorbaban, y logrado un inconmensurable capital procedente
del ladrillo. Bárbara entra en la crisis indemne, para salir millonaria; y lo
más importante, fiel a sí misma: virgo intacta.
La diosa del ladrillo inicia la trilogía que vendrá a mostrar, en las siguientes entregas, el desarrollo del plano más psicológico de la protagonista, y finalmente el desenlace de la metáfora social y emocional encarnada en una mujer capaz de sembrar en el reino de sus fantasías los interrogantes más extemporáneos y, por ende, infinitos.
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| Figuración en ladrillo de una diosa elamita, también llamada 'Diosa sumeria del ladrillo' |
Webliografía:
Entrevista sonora en Canal Arenas (12 de diciembre 2015)
Ideal digital: Ideal en clase (17 de diciembre 2015)
Grupo Dauro
Entrevista sonora en Canal Arenas (12 de diciembre 2015)
Ideal digital: Ideal en clase (17 de diciembre 2015)
Grupo Dauro




















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