«El agonizante otoño rugía desafiante y los últimos
rayos de sol del moribundo día se resistían a abandonar la
habitación. El silencio era tumulario, de no ser por los secos
trastazos de Bárbara sobre la mesa, que entre violentas cabezadas luchaba por mantenerse firme en su «silla de la suerte»,
como llamaba a la antigua poltrona de anea que presidía el
salón y que ella misma había restaurado a conciencia, pintándola con un estridente tono violeta y dibujando una especie
de motivo floral en el respaldo. Bárbara llevaba varias semanas
manteniendo un pulso titánico contra Morfeo, estudiando a
deshoras derecho romano con tal de superar la prueba de
diciembre y así eliminar materia para el examen final. El termo
de dos litros sobre la mesa la había ayudado a mantenerse en
vigilia la noche anterior y trasladarla al nuevo día. Llevaba más de una jornada sin dormir, y se resistía a sucumbir al sueño
con litros de café, líquido que bebía más que el agua en los
últimos días. Las otras tres doncellas, Nuria, Berta y Lorena,
arrumadas en el descomunal y desproporcionado sofá-cama
de rojo vivo, yacían en paños menores como tres divinidades
de descomunal belleza» (La diosa del ladrillo, pág. 46).


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