10. Santa Mónica.
Don Macario volvió a retreparse en el asiento y comenzó a resoplar con fuerza, estirando los brazos y pataleando bajo
la tapa de la mesa en actitud jocosa. Por fin se quedó en
silencio para ojear durante varios minutos el proyecto que
tenía sobre la mesa.
—Es que no es fácil meter una urbanización de tanto
lujo y con un campo de golf y dos piscinas en este pueblo.
Eso sería cargarse la vega tan virgen que tenemos aquí en la
misma falda de Sierra Nevada. Mi gente va a decir que no,
por mucho que vosotros digáis que va a cuidar del medio
ambiente y del pueblo. Pero si por mí fuera... —afirmó
comiéndosela con los ojos.
—Usted pida o nos vamos a otro sitio, así de claro. Yo
había colocado a su pueblo en el número uno de la lista. Si
nos vamos al número dos, no me volverá a ver más. Los demás de la lista están como locos esperando a que ustedes digan
que no —amenazó Bárbara con un tono de serena convicción. —¿A qué te refieres exactamente, hija, cuando dices que yo pida? —preguntó asustado.
—Pues muy claro: si usted convoca un pleno con la mayor celeridad posible y lo aprueban, usted recibirá un millón de
euros en efectivo para gastarlos o invertirlos como usted
quiera —dijo Bárbara desplegando una sonrisa para rebajar
la tensión del momento—. Claro, a modo de obsequio por
todo el bien que usted ha venido haciendo por este pueblo y
esta gente. Porque su buena gestión es lo que ha dado lugar
a que nosotros nos hayamos fijado en su pueblo.
—Mejor háblame de tú, sí tutéame y habla callando, por
favor —le pidió don Macario con la mirada perdida en el
documento—. Bueno, pero la gente se puede enterar si alguien
se va de la lengua —susurró.
—¿Usted se lo va a decir a alguien?
—¡Yo no! —gritó nervioso—. La gente es muy mal pensada
y muy envidiosa —susurró, dirigiendo la mirada hacia la
puerta—. Tú no sabes cómo se las gastan aquí. Tienen muy
mala leche estos catetos. Tú no sabes los encajes de bolillos
que tengo que hacer para controlarlos a todos.
—Pues a nosotros nos interesa menos que a usted que
esto salga a la luz.
—Ya. Ya. Si yo creo que eso le vendría bien al pueblo. La
gente está tan cerrada de mente por eso, porque no ha crecido
urbanísticamente —dijo convencido—. Bueno ¿Y cómo iría
eso del aguinaldo? —le susurró alzándose en el sillón para
acercarle el oído (La diosa del ladrillo, pág. 223)


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