La diosa del ladrillo

viernes, 8 de enero de 2016

9. Desquite binario (La diosa del ladrillo, editorial Dauro)

9. Desquite binario

—¿Qué estás insinuando? —le preguntó acercándose a ella—. ¡Oye, sudaca de mierda, que esta casa es muy decente! —le gritó alzando y agitando amenazadoramente el brazo derecho.
—Ya hace años que usted y esta casa dejaron de ser decentes, los mismos que hace que usted lleva sin cambiar esas viejas y cochambrosas puertas para poder mirar por el ojo de la cerradura los grandes shows de su hijito, que a saber, igual antes también era espectadora de los de su marido —le replicó Valentina con una entereza que puso aún más nerviosa a doña Adela.
—¿Pero cómo te atreves, so putón verbenero? —le replicó doña Adela inclinándose hasta echarle el aliento en su cara con una mirada intimidatoria—. Coge tus cosas ahora mismo. ¡Fuera de esta santa casa! —le gritó acercándose al armario, abriendo las puertas y arrojando algunas de sus ropas al suelo.
—Haga el favor de poner mis cosas ordenadas y bien puestas donde estaban o la denuncio antes de hora. Porque este hijo que llevo dentro es su nieto y va a nacer, y si no nace, diré que su hijo me estuvo maltratando y violando durante todo este tiempo.
—¡Ay! ¡Paquitín! ¡Cógeme, que la mato! —exclamó fuera de sí, elevando y moviendo ambos brazos hacia Valentina en actitud de inminente refriega.
Paquitín la rodeó de la cintura con ambos brazos y doña Adela comenzó a patalear con rabia. Logró dar un fuerte puntapié al taburete, fastidiándose el dedo meñique del pie derecho.
—¡Ay, Virgen de las Angustias bendita! Si por culpa de esta pelandusca que ha deshonrado esta santa casa, hasta me habré partido el pie —exclamó doña Adela rompiendo a llorar amargamente.
—Mamá, tranquilízate, por favor —le suplicó Paquitín abrazándose fuertemente a ella.
—¡Fuera de aquí! ¡Choriza! ¡Canalla! Que le has buscado la ruina a una buena familia cristiana y española —bramaba doña Adela entre sollozos—. Te trajimos de tu país donde estarías ahora muerta de hambre y puteando y mira cómo nos pagas. ¡Chusma! ¡So chusma! Que es lo que sois todas las sudacas —concluyó conforme Paquitín, abrazado a ella, la iba sacando de la habitación hacia el pasillo» (La diosa del ladrillo, págs. 205-206).



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