9. Desquite binario
—¿Qué estás insinuando? —le preguntó acercándose a
ella—. ¡Oye, sudaca de mierda, que esta casa es muy decente!
—le gritó alzando y agitando amenazadoramente el brazo
derecho.
—Ya hace años que usted y esta casa dejaron de ser
decentes, los mismos que hace que usted lleva sin cambiar
esas viejas y cochambrosas puertas para poder mirar por el
ojo de la cerradura los grandes shows de su hijito, que a saber,
igual antes también era espectadora de los de su marido —le
replicó Valentina con una entereza que puso aún más nerviosa
a doña Adela.
—¿Pero cómo te atreves, so putón verbenero? —le replicó
doña Adela inclinándose hasta echarle el aliento en su cara
con una mirada intimidatoria—. Coge tus cosas ahora mismo.
¡Fuera de esta santa casa! —le gritó acercándose al armario,
abriendo las puertas y arrojando algunas de sus ropas al suelo.
—Haga el favor de poner mis cosas ordenadas y bien
puestas donde estaban o la denuncio antes de hora. Porque
este hijo que llevo dentro es su nieto y va a nacer, y si no
nace, diré que su hijo me estuvo maltratando y violando
durante todo este tiempo.
—¡Ay! ¡Paquitín! ¡Cógeme, que la mato! —exclamó fuera
de sí, elevando y moviendo ambos brazos hacia Valentina en
actitud de inminente refriega.
Paquitín la rodeó de la cintura con ambos brazos y doña
Adela comenzó a patalear con rabia. Logró dar un fuerte puntapié al taburete, fastidiándose el dedo meñique del pie
derecho.
—¡Fuera de aquí! ¡Choriza! ¡Canalla! Que le has buscado
la ruina a una buena familia cristiana y española —bramaba
doña Adela entre sollozos—. Te trajimos de tu país donde
estarías ahora muerta de hambre y puteando y mira cómo
nos pagas. ¡Chusma! ¡So chusma! Que es lo que sois todas
las sudacas —concluyó conforme Paquitín, abrazado a ella,
la iba sacando de la habitación hacia el pasillo» (La diosa del ladrillo, págs. 205-206).



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