7. Sucesión y destino
«Don Leocadio
llevaba muchos años divorciado y Bárbara seguía soltera.
Curiosamente, ni doña Rita ni Bárbara pusieron objeción
alguna al enlace, toda vez se aclarase que sólo se trataba de una simple fórmula jurídica para facilitar a don Leocadio el
acceso a sus cuentas y a su parte del botín. Ya tenía demasiado dinero negro escondido en su sede central, en Don
Leocadio, en cajas de seguridad de distintos bancos, además
de una importante suma de dinero esparcida en bolsas de
basura cubiertas de aluminio, debajo del césped artificial del
inmenso jardín de Don Leocadio. No sabía dónde sembrar
otros seis millones de euros. La idea del matrimonio civil, salida
de la cabeza del abogado, era genial, aunque don Leocadio
llevaba soñándola desde el día que conoció a Bárbara, hacía
ya cuatro años. El acuerdo matrimonial vinculaba en bienes
gananciales la cuenta de Caja Granadina, que a efectos reales
no podría tocar Bárbara sin su consentimiento, y una de las
dos villas de lujo de Marbella, valorada en dos millones de
euros. La segunda villa, valorada en cinco millones de euros,
así como dos áticos y cinco locales comerciales en Puerto
Banús, los dejaba para Bárbara. Habían llegado a este acuerdo
tras arduas negociaciones hasta altas horas de la madrugada
en la mesa de camilla de la cocina de doña Rita. El casorio
falso, aunque legal, iba también a poner la balanza a favor
de Bárbara. Eso sí, con el acuerdo tácito de que en dos años
se divorciarían» (La diosa del ladrillo, págs. 177-178) .


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