11. Bramidos baldíos
«—Si yo no quería ser alcalde. Fueron los demás los que
me pusieron a mí y quitaron al Macario —se apresuró a
replicarle desde el asiento.
—¡Que tú no querías! Nadie quiere ser alcalde hoy día
—le espetó mientras se encendía el habano—. Y seguro que
hasta te habrán tenido que suplicar de rodillas que aceptaras
el cargo antes de robárselo al Macario.
—Tú no lo sabes bien —afirmó con absoluto convencimiento—. Además no aceptaban el no, tenía que decirles que
sí a la fuerza. Y aquí me tienes, contra mi voluntad —añadió
con gesto resignado.
Don Leocadio permaneció en silencio durante unos
segundos. Parecía estar centrado en profundas cavilaciones
mientras miraba detenidamente la tarjeta de George Norton
y la guardaba en su brillante cartera de piel legítima de cocodrilo australiano. Se acercó lentamente al Raimundo rodeando
la mesa, hasta agacharse ante su sillón y echarle una enorme
bocanada de humo en la cara. Sin mediar palabra alguna y,
de sopetón, volcó el sillón con su esmirriado ocupante hacia
atrás. El Raimundo permaneció en el suelo aterrorizado.
Don Leocadio abrió el cajón del escritorio y sacó la caja de
puros con las tarjetas de invitación, que el alcalde acababa
de guardar y él había decidido llevarse. El Profesor se acercó
al escritorio y, abriendo la caja de puros para invitados, los
sacó todos y se los metió apresuradamente en los bolsillos
de los pantalones y de la chaqueta, mientras don Leocadio
volvía a acercarse al Raimundo para comprobar su estado,
propinándole suaves puntapiés en los hombros para obligarle
a levantarse del suelo. Ante la reacción negativa del Raimundo,
que prefería seguir tumbado, don Leocadio le colocó el pie
derecho sobre el gaznate y, desabrochándose la bragueta, le
fue descargando un entrecortado, rojizo y lento chorro de
ardiente orina sobre la cara». (La diosa del ladrillo, pág. 248).


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