8. Máscaras translúcidas.
«Bárbara era la atracción sorpresa del banquete; bajo el
nombre de Nefertiti había acudido a amenizar la parte final
del ágape. Su show, preparado por la agencia de espectáculos
Hyperión, debía comenzar cinco minutos antes del corte de la
tarta nupcial. La duración estimada era de aproximadamente
quince minutos, en los que tenía que exhibir el más intenso
lirismo. Contaba con la música de fondo del Aria de la Suite no
3 en re mayor de Bach. Allí estaba Bárbara, únicamente envuelta
en el body painting que, allí mismo, entre bastidores, dos horas
antes, le acababa de realizar su íntima amiga e incipiente
pintora madrileña Soledad Ferrera, aprovechando su paso por
Granada para inaugurar una exposición de desnudos femeninos. El body painting, compuesto de específicos pigmentos
de Max Factor, había resultado toda una obra de arte que, sin
embargo, no ocultaba el comprometedor medio real sobre el
que se extendía: su escultural silueta femenina como lienzo.
Consiguió el esplendor del más bello desnudo escultural,
logrando acentuar un fascinante erotismo de tentadoras
sugerencias. Los únicos atavíos eran sus transparentes zapatos
de tacón —delicada recreación de cristal de Swarovski—, la
negra máscara veneciana que le cubría todo el rostro, y la
flauta travesera que le servía para simular la interpretación
de la música de fondo, acompañada de sus cadenciosos y
firmes contoneos en una lánguida marcha entre las mesas de
los boquiabiertos comensales» (La diosa del ladrillo, pág. 185).


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